Lectura de discursos históricos de ex parlamentarios. - Archivo Celebración del Bicentenario

Lectura de discursos históricos de ex parlamentarios.

04 de Junio

Con la lectura de discursos históricos de destacadas personalidades que fueron parlamentarios, arrancó oficialmente el sábado 4 de junio de 2011 la celebración del Bicentenario del Congreso Nacional. Los discursos correspondieron a Fray Camilo Henríquez, Benjamín Vicuña Mackenna, Arturo Alessandri e Inés Enríquez.

Sermón en la Instalación del Primer Congreso Nacional, Fray Camilo Henríquez.

Señor: Esta augusta ceremonia en que la alta representación del Estado da principio a sesiones por la invocación del padre de las luces, es una manifestación solemne del íntimo convencimiento en que está la nación chilena de su conducta en las actuales circunstancias.

(…) Los Estados nacen, se aumentan y perecen. Cede la metrópoli a la fuerza irresistible de un conquistador; las provincias distantes escapan al yugo por su situación local. ¿Qué deben hacer en tales circunstancias? ¿Esperarán tranquilas ser envueltas en el infortunio de su metrópoli? ¿O ser presa inerme y despreciable del primer invasor, o se expondrán a sufrir los horrores de una anarquía y caer, en fin, debilitadas por la discordia bajo la desventurada suerte de un gobierno colonial?

La revelación y la razón, estas dos luces puras que emanan del seno de la divinidad ¿no ofrecen algún remedio para evitar tanto desastre? Si: las naciones tienen recursos en sí mismas; pueden salvarse por la sabiduría y la prudencia de nuestros representantes, de una constitución a las actuales circunstancias, esto es, un reglamento fundamental que determine el modo con que ha de ejercerse la autoridad pública y sin que este reglamento reciba y observe por todos religiosamente, podremos ya pronuncia r a la faz del universo las siguientes proposiciones.

(…) Hay deberes recíprocos entre los individuos del Estado de Chile y los de su Congreso Nacional, sin cuya observancia no puede alcanzarse la libertad y la felicidad pública. Los primeros están obligados a la obediencia; los segundos al amor de la patria, que inspira el acierto y todas las virtudes sociales. La prueba de estas proposiciones es el argumento de este discurso. Imploremos la luz, la asistencia del cielo, etc.

El gobierno es la fuerza central custodiada por la voluntad política para reglar las acciones de todos los miembros de la sociedad y obligarlos a concurrir al fin de la asociación. Este fin es la seguridad, la felicidad, la conservación del Estado.

Para prevenir los grandes inconvenientes que nacerían de las pasiones, todos los pueblos de la tierra conocieron la necesidad de sujetase a una fuerza que conservase el orden. Pero pronunciemos francamente la verdad: el origen de los males que han sufrido los pueblos estuvo siempre en sus gobiernos respectivos. La opresión precedió a las sediciones. Si se aborreció a las autoridades fue porque se habían hecho odiosas. Los hombres más groseros distinguen un gobierno opresor de otro que los protege. La confusión y la debilidad de la administración produjo siempre la anarquía y la licencia. Si los pueblos no conocen sus verdaderos intereses, sus derechos y las miras sabias de sus directores, es por el descuido que hubo en ilustrarlos, es porque no se ha formado por medios de la instrucción general de la opinión pública.

Los pueblos de las numerosas provincias de ambas Américas, los sabios que en ellas florecen, tienen fijos los ojos en el primer Congreso Nacional que se ha formado en tan memorables circunstancias. ¡Cuántos elogios brillantes se preparan a vuestra prudencia, integridad y patriotismo! ¡Legisladores! Enterneceos, mirad con compasión la suerte de los pueblos cuyos destinos están en vuestras manos. Gustad el placer de hacer dichosos. Inmortalizad vuestro nombre y el de la patria.

(…) Dad consistencia a nuestros débiles principios, infundid en nuestros legisladores vuestro espíritu de prudencia, de esfuerzos y de bondad; sostened, dirigid sus felices disposiciones para que una constitución sabia, equitativa y bienhechora, haciendo la dicha de los ciudadanos, sea el fruto de tantos sinsabores, cuidados, angustias y peligros.

Fray Camilo Henríquez, diputado, 4 de julio de 1811.